La inteligencia.

Cristina Lantigua
 fuente: Listindiario

Diversos libros definen la inteligencia emocional como una competencia que facilita o dificulta que seamos exitosos. Si bien es acertada esta definición, no menos cierto es que la inteligencia emocional es un resultado que solo es posible si la persona adquiere y desarrolla hábitos y conductas que traen como resultado una gestión inteligente. En ese sentido, una gestión emocional efectiva se facilita cuando realizas una mirada a lo interno de tu ser, desde un espacio reflexivo que permita conocerte, saber tus fortalezas y áreas de oportunidades, y como estas ayudan o limitan en los diferentes roles y responsabilidades.

Conocer tus valores y cómo la transgresión incide en la autorregulación también es un factor importante. Todo esto se traduce de manera inicial en la aceptación de la naturaleza emocional de cada persona. Los humanos  son seres emocionales.

Esto implica el reconocimiento de los estados emocionales, poder darle el correcto nombre a la emoción que acompaña al individuo, y desde ese reconocimiento el podrá elegir como será su respuesta. Además, una asunción responsable de la capacidad de elegir la respuesta a un estímulo. Mientras más responsable es la persona  en asumir como responderá a sus emociones, más aumentará la capacidad de una gestión efectiva y más se aleja la posibilidad de reacción y de crear situaciones más complejas y difíciles de manejar. Es este primer pilar la base desde donde se construye todo lo demás.

Otras conductas asociadas a la inteligencia emocional se fundamentan en las habilidades sociales. Estas son las capacidades que permiten una relación efectiva con los demás, que facilitan la cooperación, trabajo en equipo. Una competencia clave para el desarrollo de las habilidades sociales es la empatía o capacidad de poder colocarme en el lugar del otro, poder entender su punto de vista indistintamente esté de acuerdo o no con ello.

Tendemos a confundir empatía con simpatía o consejería y en esencia son conceptos diferentes y que requieren de conductas diferentes. Somos empáticos cuando buscamos comprender más que enjuiciar, cuando procuramos escuchar más que aconsejar y desarrollamos la capacidad de podernos relacionar con personas diferentes y lograr entender más allá de las diferencias. En el ambiente laboral se traduce en la capacidad de poder lograr buenas relaciones y resultados con personas de personalidad y carácter diferentes.

La autora es profesora de Inteligencia Emocional.  

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